Una crisis que es fruto del excesivo endeudamiento privado no se puede
resolver con una contracción intencional del gasto público. Si el
estallido de la crisis provocó la retirada de la inversión y el descenso
en el consumo privado, agregar un retroceso del gasto público no hace
más que acelerar el colapso masivo de la demanda agregada, con todas las fuerzas destructivas que potencian el desempleo y retroalimentan el proceso recesivo. Por eso no puede ser sorpresa la caída continua de los precios y la
deflación propagada por la caída de la demanda agregada que ha inducido
el alto desempleo. Lo insólito, para muchos, es que no se vean aún los
tan temidos brotes inflacionarios resultado de las masivas inyecciones
de dinero. Esto demuestra la falsedad que encierra la teoría
cuantitativa del dinero en la cual todo aumento en la cantidad de dinero se traduce en un aumento en los precios.
La formidable ampliación en la oferta de dinero que han realizado los
bancos centrales de Estados Unidos, zonaeuro, UK, China y Japón, no se
ha traducido en una escalada inflacionaria. Y muy lejos de inflación,
lo que hay hoy en el mundo en Deflación, es decir “una caída sistemática en el nivel de precios”. Los bancos centrales subestimaron las dimensiones
de la crisis y sostuvieron, inicialmente, que se trataba de una crisis de liquidez, sin detectar que era un crisis de solvencia que implicaría la caída de los precios y el masivo cierre de industrias con su proliferación de desempleo. Este mal diagnóstico hizo pensar que bastaba con inundar de liquidez el sistema, desconociendo que esta crisis tenía su epicentro en el eje del mundo industrializado y capitalista, y que aquí no servirían las recetas que se habían aplicado con relativo éxito en las crisis asiática, rusa, mexicana o brasileña. Esas crisis habían ocurrido en la periferia del mundo capitalista y su salida iba siempre por la vía de la devaluación monetaria, el rublo ruso, el real brasileño o el peso mexicano. La devaluación siempre dió sus frutos en la reactivación de economías víctimas de un shock financiero desatado por endeudamiento excesivo. Para estas economías, la devaluación ayudaba a impulsar la demanda interna y el empleo, con un aumento importante de las exportaciones que se abarataban al resto del mundo, en este caso el resto del mundo eran los países más industrializados.
Sin embargo, una crisis que nace en los países industrializados y que se va propagando entre estos propios países, no tiene opciones de apelar a las devaluaciones competitivas y solo consigue ingresar a una guerra de divisas que solo implica más destrucción de empleo y empobrecimiento. En su error de diagnóstico, los bancos centrales no sólo han destruido una gran cantidad de empleo, que será difícil de recuperar, sino que han destruido también las bases industriales que tomó décadas desarrollar y que en muchos casos se hizo con un gran esfuerzo estatal. Por eso el sector industrial es justamente uno de los más aquejados con la crisis y, al igual que el desempleo, no tendrá una recuperación rápida en el corto plazo. El error de los bancos centrales fue apoyar masivamente a un sistema financiero quebrado, y abandonar a su suerte a la economía real, la que realmente genera empleo y crecimiento.
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